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domingo, 17 de marzo de 2013

(copa)
No hubo que hacer grandes esfuerzos para encontrarlo. Ahí estaba. Delante de sus narices. En la pantalla del ordenador frente al que había pasado los últimos seis años en la sede del HSBC de Ginebra tratando de mejorar los programas de bases de datos de clientes de uno de los primeros bancos del mundo. Lo que los ojos de Hervé Falciani estaban contemplando ese día de octubre de 2006 era oro puro. Información secreta. O al menos opaca. Datos protegidos por el sacrosanto secreto bancario suizo. Cuentas millonarias engordadas durante años por transferencias invisibles y flujos financieros de origen dudoso imposibles de trazar. De seguir. De investigar. Lo que este ingeniero informático de 34 años, casi recién salido del mejor instituto tecnológico de Francia, el Sophia Antibes, tenía delante eran miles de depósitos de ciudadanos y empresas extranjeras forjados a base de enormes sumas de dinero y colocados allí, lejos del alcance de sus respectivos Gobiernos para no pagar tributos. Ficheros que otros bancos de la competencia hubieran dado cualquier cosa por tener. Pruebas de delitos que habrían servido para chantajear a cientos de personas y exigirles dinero a cambio de silencio. Un tesoro para cualquier inspector de Hacienda. Una de las mayores bolsas de fraude jamás descubierta. Lo que estaba viendo Falciani, en suma, eran miles de millones en impuestos impagados. Por cobrar. En decenas de países.
La siguiente escena tiene lugar casi seis años después en el puerto de Barcelona. Es 1 de julio de 2012. Un barco, al parecer, procedente de Sète (Francia), trae a Falciani a España. El trayecto discurre en territorio Schengen, así que él cree que no hay riesgo de que le pidan la documentación. La Policía Nacional, sin embargo, ha decidido identificar a los viajeros. Es un control rutinario. No esperan a nadie. A lo mejor a algún inmigrante irregular... Pero al comprobar los papeles de este monegasco con nacionalidad francesa e italiana, casado y con un hijo, saltan las alarmas. Existe una orden de detención internacional contra él procedente de Suiza a pesar de que, para entonces, su información ha servido para destapar en toda Europa a miles de evasores fiscales y sacar a la luz cerca de 10.000 millones por los que no habían tributado. También en España. Berna lo considera un villano. Un ladrón. Es arrestado, y el Tribunal Federal de Bellinzona lo espera ahora para juzgarlo por robo de datos personales, vulneración del secreto comercial y violación del secreto bancario. Si la Audiencia Nacional decide extraditarlo, claro. Sus abogados recuerdan que ese delito no existe en España. Al contrario. La ley obliga a denunciar todo indicio de blanqueo.
Articulo de FalcianiEntre su genial descubrimiento y su arresto en Barcelonaregio.info@pc.europa.euelplural.com labozdebarcelona.com, la vida de Falciani es una precipitada huida hacia adelante. Seis años intensos en los que el informático se convierte en un fugitivo valorado en la medida de la información que tiene en su poder. Un delincuente al que juzgar y encarcelar para los que la pretenden destruir. Una especie de héroe, un Robin Hood digno de protección, para los que la quieren aprovechar. Una personalidad con claroscuros cuyas intenciones siempre han estado en tela de juicio. ¿Ganar dinero? ¿Colaborar con la justicia? Joven, inteligente, mediático... Esto es lo que pasó entre esos dos momentos.

“Existe un sistema a escala industrial para esconder dinero en paraísos fiscales”, denunció Falciani en 2010
Después de encontrarse con la valiosa información, en octubre de 2006, Falciani, nacido hace 40 años en Mónaco, casado y con un hijo, dedica día tras día parte de su jornada laboral a descargar esos datos en su portátil Mac. Durante más de dos años. Sistemáticamente. Indaga en las maniobras de ocultación de fondos del banco mientras pone en servicio una nueva aplicación para la gestión de clientes, prueba nuevos programas o soluciona problemas en las bases de datos. “Los bancos privados no están sujetos a ningún control y violan las leyes internacionales”, declara al diario italiano Il Sole 24 Ore en junio de 2010. “No es posible seguir los flujos de dinero y existe un sistema a escala industrial que usa las sociedades pantalla para esconder el dinero al fisco en paraísos fiscales”, añade.
En el número 2 del Quai del Général Guisan, la sede ginebrina del HSBC, a orillas del lago Léman, en pleno distrito financiero de la ciudad más importante de la Suiza francófona, nadie sospecha lo que ocurre en el departamento de sistemas. Falciani es un empleado más que llegó en 2000 de la filial de Mónaco. Sin conflictos con los compañeros o la empresa. Como cada día, acude a trabajar. Nada más. Nada raro. Hasta el 20 de marzo de 2008. Ese día estalla la tormenta. La Asociación Suiza de Banqueros (Swissbanking), la patronal del sector, lanza una alerta. Un tal Ruben Al-Chidiak, acompañado de una mujer llamada Georgina Mikhael, en nombre de una sociedad denominada Palorva, se había presentado el 4 de febrero en las oficinas del banco libanés Audi en Beirut. Su objetivo, siempre según Swissbanking, era negociar la venta de una base de datos de clientes de diferentes bancos suizos. Según la patronal, esa información se habría obtenido mediante piratería. Gracias a la interceptación electrónica de faxes que contenían órdenes de compra de fondos en las cuales aparecían los compradores. Esos dos individuos no lo han conseguido, pero el secreto bancario suizo, una de las señas de identidad del país, está en peligro.
La maquinaria judicial se pone en marcha. La policía descubre que detrás de la identidad de Ruben Al-Chidiak se esconde Falciani. El 20 de diciembre de 2008, el francoitaliano y su compañera de viaje son detenidos e interrogados, según la fiscalía suiza. El informático es puesto en libertad acto seguido y, al día siguiente, pone tierra de por medio. Quinientos dieciocho kilómetros exactamente. Hacia el sur. Se instala en Castellar, el último pueblecito francés de la Costa Azul pegado a la frontera italiana. A escasos kilómetros de Montecarlo, donde nació. En medio de los dos países de los que tiene pasaporte. Más allá de las garras de Berna, porque ni Francia ni Italia extraditan a sus nacionales. Pero Berna insiste. Quiere recuperar como sea el material que Falciani se descargó, y que la fiscalía y el HSBC consideran robado, y lanza una orden de detención internacional contra él. Pero en esta persecución desesperada Suiza comete un error de bulto. Sin dar demasiadas pistas sobre el contenido del ordenador del informático, pide a Francia que registre su domicilio, se incaute del portátil y le envíe los archivos.

Francia registró su domicilio a petición
de Suiza, pero cuando vio el contenido del ordenador se lo quedó
20 de enero de 2009